miércoles, 17 de agosto de 2011

EL NEGRO AMANECER DE OCCIDENTE SOBRE LIBIA

La intervención occidental de 2011 en Libia ilustra, hasta la caricatura, al mismo tiempo el imperialismo humanitario que pueden demostrar las democracias y la ceguera más o menos voluntaria de los grandes medios de comunicación democráticos con respecto a las segundas intenciones geoestratégicas, sin embargo fáciles de detectar, de las potencias occidentales. Mientras redactamos estas líneas las informaciones todavía son parciales y hay que cuidarse de expresar un juicio definitivo sobre los sucesos que se desarrollan. Pero ya se puede, a grandes rasgos y con base en elementos reales que se han hecho públicos, presentar una visión de los hechos radicalmente diferente de la que nos sirven los protagonistas occidentales y sus voceros mediáticos.

Todo empezó en 2006 cuando Gadafi ahogó en sangre [14 manifestantes muertos] una revuelta islamista en Bengasi, con la bendición de los occidentales que trabajaban desde 2007 para hacer del dirigente libio un hombre respetable. Unos años después, en febrero de 2011 tuvo lugar, también en Bengasi, una manifestación de los familiares de los presos «políticos» de la revuelta de 2006, que exigían su liberación. En esta ocasión las escaramuzas entre los manifestantes y las fuerzas del orden causaron una decena de muertos. A partir de ahí todo se encadena de maravilla para los occidentales, que van a entrar en escena para impulsar el desarrollo de los acontecimientos en su beneficio después de «sufrir» las revueltas árabes de Túnez y Egipto que derrocaron a sus amigos autócratas.

Enseguida nos presentaron ante las cámaras algunas ralas «multitudes» de rebeldes que, curiosamente, reunían a más soldados e islamistas que llamaban a la guerra civil que a estudiantes pacíficos que reclamaban, como vimos en Túnez y Egipto, la democracia con sus teléfonos móviles en las manos. Con unos cientos de personas crearon un espejismo para anunciar un levantamiento general que no existía. El levantamiento se circunscribe a una o dos ciudades [principalmente Bengasi y Derna, ambas situadas en Cirenaica] famosas por su insumisión al poder central y su proximidad a los movimientos islamistas más extremistas de la región. Al-Yazira, la cadena del emir de Catar [valioso aliado de Estados Unidos en la Península Arábiga] que cubrió ampliamente las revoluciones de Túnez y Egipto, sin embargo fue incapaz de mostrarnos las multitudes en delirio democrático en Bengasi u otros lugares del territorio libio. En vez de eso veíamos a algunos rebeldes de Bengasi empuñando armas pesadas o conduciendo tanques, y al exministro de protocolo de Gadafi, Nuri Mesmari, con la Torre Eiffel al fondo, llamando a la revolución contra su antiguo patrón en nombre de los derechos humanos que él no defendió nunca: Mesmari se refugió en Francia en noviembre de 2010, varios meses antes de que el viento de la revolución llevase la confusión a las oligarquías árabes. La cadena catarí afirmó que el 21 de febrero los aviones y helicópteros de Gadafi abrieron fuego contra los manifestantes, aunque no pudo proporcionar ni una sola imagen para apoyar sus afirmaciones a pesar de la presencia de sus periodistas sobre el terreno. Como recompensa por su cooperación con los insurgentes de Bengasi unas semanas después Al-Yazira recibiría el encargo de los rebeldes de crear una nueva cadena nacional libia.

Desde el 10 de marzo, Francia reconoció al Consejo Nacional de Transición, una formación política heterogénea formada por dos sectores irreconciliables: por un lado los antiguos cuadros de Gadafi, que vieron que cambiaba el viento, de tendencia más bien laica [entre ellos el que fue ministro de Justicia del dictador hasta el 21 de febrero, Mustafá Abdel Jalil, supervisor con el ministro del Interior de la tortura de las enfermeras búlgaras liberadas gracias a la intervención de Nicolas Sarkozy y que ha sido señalado por Amnistía Internacional como un hombre particularmente indeseable; y Abdul Fatah Younis, exministro del Interior de Gadafi y antes jefe de la policía política]; y por el otro lado los fundamentalistas que reclaman la Sharia [entre ellos uno de los principales dirigentes del Consejo, al-Hasidi] y cuyos movimientos han proporcionado los contingentes más importantes de yihadistas de un país extranjero a Irak. Ni unos ni otros tienen un pasado de militantes por los derechos humanos, pero qué importa, las democracias saben convertir al yihadista en demócrata y al islamista terrorista en musulmán moderado amigo de Occidente cuando hace falta. De alguna forma los rebeldes libios se parecen a los rebeldes kosovares, mafiosos demostrados y terroristas reconocidos, pero amigos providenciales instrumentalizados por Occidente para apoyar sus guerras. Los occidentales, por otra parte, parece que vuelven a jugar en Libia la apuesta afgana: se alían con el enemigo de mañana para combatir al enemigo de hoy [pero el enemigo de mañana –los islamistas- ya es el enemigo de hoy, al menos si creemos las razones de nuestra presencia en Afganistán]. El hecho de que los eminentes miembros del Consejo Nacional de Transición tengan vínculos con los movimientos terroristas islámicos, y puede que incluso con al-Qaida, no parece importar mucho a nuestros expertos en geoestrategia y especialistas de la guerra contra el terrorismo

Existe un mercadeo con ciertos miembros de la Liga de los Estados Árabes para dar la impresión de que el mundo árabe está detrás de la intervención occidental: se olvidan de mencionar que la Liga de los Estados Árabes es un club de dictadores en el que uno de los miembros más influyentes es Arabia Saudí la cual, a cambio de un trato inicial, se ha encargado de ahogar en sangre, en el mismo momento, otra revuelta popular, la de Barhéin, ésta sí real y de gran amplitud, con la bendición de los occidentales y en medio del silencio mediático más absoluto. Es inconcebible para Estados Unidos y Arabia Saudí dejar que los dirigentes suníes de Barhéin cedan a las reivindicaciones de las multitudes chiíes -70% de la población- a quienes ven como aliadas potenciales de los iraníes. También debemos recordar que Barhéin es la base de V Flota estadounidense. Los militantes por los derechos humanos de Barhéin han sido arrestados, torturados y ejecutados. Los dirigentes de la oposición y los principales representantes de las manifestaciones pronto serán juzgados y probablemente condenados a muerte. El 19 de mayo de 2011 el príncipe reinante de Barhéin fue recibido calurosamente por el primer ministro británico en el 10 de Downing Street para hablar de los asuntos del mundo, como si no pasara nada. También se vigila que no se mencione que sólo 9 de los 22 miembros de la Liga de los Estados Árabes dieron su acuerdo para crear «una zona de exclusión aérea» con el fin de proteger a la población civil que sería el objetivo de las locuras de su dirigente [los demás miembros estuvieron ausentes durante la votación]. Por otra parte ninguno de ellos dio nunca su acuerdo para una intervención terrestre de la OTAN [sin duda inevitable] ni para armar a los rebeldes [lo que ha sido una realidad desde el inicio del conflicto.

Se ha «sobrerrepresentado» un levantamiento para crear la necesidad de una intervención que en principio se calificó de humanitaria y se afirmaba que se limitaría a un puente aéreo destinado a proteger a los civiles de los bombardeos del dictador. Juraron que serían las Naciones Unidas las que intervendrían y que no habría tropas terrestres. Se anunció y se reiteró en todos los medios de comunicación que los bombardeos de Gadafi causaron más de 6.000 muertos en pocos días [entre ellos 3.000 en Trípoli. El número de «6.000» muertos fue avanzado desde el 2 de marzo de 2011 por el nuevo portavoz de la Liga Libia de los Derechos Humanos, Alí Zeidan, en ese momento tan próximo a la rebelión que también era portavoz del Consejo Nacional de Transición. Algunos días antes [el 28 de febrero] señalando que sin duda se estaba llevando a cabo un «genocidio» entra en escena la ONU por medio de su secretario general, Ban Ki-moon, quien, a la salida de una visita del Memorial del Holocausto de Washington, hizo una declaración en la que se atrevió a comparar los presuntos bombardeos del régimen libio sobre su pueblo con el genocidio perpetrado por los nazis. Después anunciaría que el Consejo de Seguridad también debía perseguir al tirano ante la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad [lo que se hizo a finales de mayo de 2011, con la diligente intervención de su fiscal jefe Luis Moreno Ocampo].

No importa que unas semanas después se supiera que los bombardeos a las multitudes democráticas no tuvieron lugar. El fantasma de Timisoara [las célebres fosas comunes falsas del dictador rumano Ceausescu] ha vuelto. Pero los medios de comunicación dominantes no se harán eco de la noticia. No vamos a negar la represión sangrienta, pero es conveniente medir el alcance: si Gadafi se convirtió en amigo de los occidentales es porque habíamos perdonado su pasado [erróneamente, por otra parte]. Por lo tanto, la intervención de 2011 no se basa en sus crímenes pasados de los cuales, de alguna manera, los occidentales le habían absuelto, sino por la supuesta represión de la rebelión en Bengasi y las «6.000» víctimas de ésta. Pero sabemos que las cifras se manipularon y la represión de alguna forma se puede analizar como una respuesta a un desafío militar orquestado por Occidente en apoyo de un clan no democrático en el marco de una guerra civil provocada. Frente a dos movimientos no democráticos, ambos responsables de crímenes de guerra, ¿por qué deben elegir los occidentales a uno de los bandos? ¿No deberían limitarse a apoyar a las fuerzas democráticas creíbles sin intentar sacar un beneficio geopolítico para sí mismos? La opinión pública occidental sin duda está dispuesta a ayudar a los demócratas sinceros de las revoluciones árabes sin reclamar a cambio más que un poco de reconocimiento y el testimonio de la amistad entre los pueblos.

¿Dos mil muertos en Bengasi o cien?

«Llegué a finales de febrero, todavía no había guerra, pero era el momento más duro de la represión de las manifestaciones. En Al-Baïda habían muerto unas sesenta personas y en Bengasi entre 100 y 110 personas. Son muchas, es grave, pero no eran los miles de muertos que se habían publicado» [Donatella Rovera, asesora sobre la reacción a las crisis de Amnistía Internacional, 16 de junio de 2011, Rue89 .

Al cabo, en vez de la ONU finalmente vemos que interviene la OTAN. Y detrás de la OTAN es Estados Unidos el que dirige las operaciones militares desde su base de Stuttgart [en Alemania], encargada de las operaciones militares estadounidenses para todo el continente africano [hablamos, concretamente, del AFRICOM o «Centro de Mando Unificado Estadounidense para África», al cual Libia se negó de plano a unirse en 2007, a diferencia de casi todos los demás países africanos]. Pero para no recalentar a la opinión pública estadounidense, escaldada por Irak y Afganistán, Estados Unidos opta por dejar los principales papeles mediáticos a sus subalternos franceses y británicos que ven una ocasión para sacar pecho a bajo precio. Y a pesar de las negaciones de sus dirigentes, la intervención terrestre empezó desde el principio de las operaciones aéreas de la OTAN, los miembros de las fuerzas especiales francesas y británicas ayudaron a los insurgentes a manejar las armas pesadas desde el inicio de la rebelión.

Así, se han atizado las tensiones entre tribus y clanes políticos [Gadafi se apoya en las tribus del oeste, centro y sur –los Fezzans-, que se oponen desde hace mucho tiempo a los Harabi y los El-Obeidat, conocidos como la antigua clase dirigente del tiempo de la monarquía] en un país extranjero hasta crear y alimentar una guerra civil en nombre de los derechos humanos, como antaño hizo Francia en Biafra en los años 60. Se arma a una parte contra la otra teniendo cuidado de no permitir que una de ellas aplaste definitivamente a su adversario. Se desmiembra el Estado, como en Irak, sin duda con la intención de crear varias entidades independientes pero no lo bastante fuertes como para prescindir de la ayuda y la protección de los occidentales. Se acapara, con el aval de la ONU, una parte de los fondos soberanos libios [más de 35.000 millones de dólares para Estados Unidos y el mismo importe para Europa -los fondos en cuestión no son de Gadafi, sino del Banco Central Libio y de la compañía nacional del petróleo-], presuntamente destinados a la reconstrucción de un país del cual son los principales destructores. No sería sorprendente que utilizásemos esos fondos para financiar a nuestras propias empresas y para comprar las alianzas necesarias para nuestros propósitos, como ha hecho Estados Unidos en Irak con total impunidad.

De esta forma también se acaba con un intento de independencia financiera de África en la que Libia jugaría un papel principal. En efecto, las inversiones libias [300 millones de dólares] permitieron la realización y la puesta en órbita [en 2007], del primer satélite de telecomunicaciones de la Regional African Satellite Communications Organization que actúa, finalmente, en los países africanos, la esperanza de convertirse en menos dependientes de las redes satelitales de Occidente [y especialmente de la red satelital europea que cuesta al continente africano más de 500 millones al año]. Igual de importantes han sido las inversiones de Libia en los organismos financieros y de desarrollo creados por la Unión Africana: el Banco Africano de Inversiones, cuya sede está en Trípoli; el Fondo Monetario Africano [del que Libia, junto con Argelia, es el principar contribuyente, y que estaba destinado a soslayar las orientaciones neoliberales del FMI desde 2011; y finalmente el Banco Central Africano, que tenía la intención de crear una moneda africana para todo el continente ante la gran consternación, en especial, de los defensores del franco CFA. Estados Unidos, por su parte, no veía con buenos ojos el apoyo del guía libio al proyecto de Dominique Strauss-Kahn, entonces director del FMI, de hacer de los Derechos Especiales de Giro [DTS] emitidos por la institución una moneda internacional que podría, a largo plazo, competir con el dólar en ciertas regiones del mundo. Los fondos soberanos libios, desviados por los occidentales, ya no llegarán a financiar a esos organismos africanos independientes. Es un duro golpe que se asesta al continente. Occidente envía una clara señal a sus amigos tiranos que pudieran tener alguna veleidad de independencia: «cumplid vuestras promesas a nuestras oligarquías o apartaos».

¿Mercenarios en Libia?

«Existe cierta histeria en los medios de comunicación en torno a la cuestión de los mercenarios. El Consejo Nacional de la Transición (CNT] ha organizado visitas a las prisiones para que los periodistas ‘vean’ a los mercenarios, pero sobre todo se trata de pobres jóvenes aterrorizados no relacionados forzosamente con el conflicto. Pero los han filmado, fotografiado, son reconocibles […] No hemos visto mercenarios, a menos que estén en el oeste, adonde no podemos acceder. Hemos visto a extranjeros y libios negros convertidos en objetivo de las tropas anti-Gadafi. El comportamiento de los combatientes de la oposición con los negros es cuestionable. Han cometido violaciones graves». [Donatella Rovera, Amnistía Internacional, 16 de junio de 2011, Rue89.

Desde abril de 2011, bajo la batuta benevolente de las potencias occidentales, los insurgentes de Bengasi, curiosamente apresurados, diligentes y muy inspirados, crearon un banco central [con la ayuda del banco HSCB] y una nueva empresa nacional del petróleo [la Libyan Oil Company], ambos independientes del poder central de Trípoli. Los rebeldes anunciaron su intención de privatizar, a la larga, la Libyan Oil Company. De paso se han renegociado los contratos petroleros a favor de los occidentales en términos mucho más ventajosos para estos últimos que en la época de esplendor de su amigo Gadafi. La gestión de la Libyan Oil Company se ha confiado a Catar. Desde el 19 de marzo de 2011 los occidentales decidieron, en la cumbre de Londres, que se autorizará a los insurgentes a exportar el petróleo del país en su beneficio. Decididamente la guerra humanitaria es un asunto muy lucrativo en ciertos medios que no esperan a que se resuelva la guerra para negociar su parte del botín.

No será sorprendente que a medio plazo veamos a Estados Unidos instalar los relevos de las bases militares en terreno libio. Tampoco habrá que extrañarse si una gran parte de las industrias libias se privatizan en los próximos meses en provecho de grandes grupos occidentales. La operación «Amanecer de la Odisea» sólo es el principio del largo viaje de la OTAN para conquistar África militarmente, a falta de saber cómo invertir para el futuro de sus poblaciones. Frente a las inesperadas revueltas democráticas de las sociedades de Túnez y Egipto, que no recibieron el apoyo de los dirigentes demócratas, estos últimos han preferido tomar la iniciativa en Libia para recuperar el control del tablero geopolítico regional. Los occidentales están en plena guerra fría con China en África y con el Irán chií en la cercana Península Arábiga; parece que los libios tienen que pagar el pato bajo la mirada pasiva de la opinión pública occidental. Nada nuevo para quien observe fríamente los actos de guerra de los demócratas más allá de las apariencias mediáticas. En esta reconquista del terreno perdido, los occidentales reciben la ayuda de Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, todos los países que participaron en la represión del levantamiento popular de Barhéin. La empresa estadounidense de mercenarios Xe Services [antaño conocida con el nombre de Blackwater] está constituyendo en los Emiratos Árabes Unidos una fuerza de intervención destinada a sofocar las revoluciones populares que podrían surgir en la región. Arabia Saudí vierte miles de millones de dólares para asegurarse de que Egipto mantiene su oligarquía en su sitio y ya no avanza por el camino de la democracia. En ese contexto, y dado que Gadafi no mantuvo sus promesas respecto a Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña en lo que se refiere a los contratos petroleros y la compra de armamento, es el momento de dar una lección al nuevo amigo poco fiable. Una vez que Gadafi esté fuera de juego Francia podrá, si Argelia ha aprendido debidamente la lección libia, relanzar la Unión para el Mediterráneo que fue desdeñada por el dictador libio.

Aunque es difícil no alegrarse de la caída de un dictador, desde nuestro punto de vista es un crimen por parte de los países occidentales tomar el pretexto de esa caída para bombardear, conquistar, desmembrar y despojar a un país sin llevar la democracia. Derrocado el dictador la opresión permanece, en general con más violencia, menos derechos para las mujeres y los niños y una economía despedazada por la rapacidad de los nuevos jefes locales aliados de los demócratas con las manos sucias. ¿Las fosas comunes que dejan tras de sí las democracias son más tolerables y menos dolorosas que las que dejan las dictaduras? Ahí está la debacle iraquí para que lo recordemos: las bellas declaraciones occidentales están pavimentadas de malas intenciones; a las promesas siguen los crímenes, a los crímenes las tumbas, a las tumbas el silencio de las víctimas. Las intervenciones occidentales parecen añadir, en muchos casos, un plus de desesperación a las desgracias de los pueblos oprimidos.

Los ejemplos de Túnez y Egipto demuestran que los pueblos son capaces de derribar a sus tiranos vertiendo menos sangre y con menos sufrimientos que cuando son los occidentales quienes se mezclan. Pero estos últimos no pueden imaginar un mundo sin ellos; quieren ser imprescindibles a cualquier precio, incluso si para ello deben cometer lo irreparable. La democracia se convierte en una coartada para los demócratas de manos sucias que no soportan que el mundo se les escape y que las aspiraciones democráticas de los países árabes no se inspiren en ellos, no se apoyen en ellos, no se encomienden a ellos.

Guillaume de Rouville (Le Grand Soir)

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